(*) Gustavo Regner es Contador Público egresado de la UBA, especialista en transparencia corporativa y prevención de la corrupción. Fue Director de Riesgos y Compliance en grandes multinacionales como Syngenta, Mercado Libre y Bristol Myers Squibb y socio de firmas Big4. Es cofundador y socio director de 10Nueve Consulting, donde asesora a empresas y organizaciones en la implementación de programas de integridad y manejo de riesgos. Cristiano desde pequeño, se congrega con su esposa e hijos en Lanús, provincia de Buenos Aires.
________________________________
Cuando Rhema me pidió compartirles estas líneas, hablamos del desafío del consuelo al despedir hermanos amados, siervos y siervas de Dios, muchos de ellos parte del ministerio pastoral en la nación, en centenares de congregaciones por todo el país.
La integridad siempre fue el mayor capital de las iglesias. A lo largo de la historia, la comunidad de fe construyó confianza sobre la base de ese valor invisible pero poderoso: se daba por hecho que la palabra de los líderes alcanzaba para garantizar un manejo correcto de los recursos. Durante mucho tiempo, ese pacto tácito fue suficiente. Las personas entregaban sus ofrendas y diezmos sin cuestionar demasiado, convencidas de que serían administrados con honestidad y usados en la obra de Dios.
Sin embargo, el contexto cultural cambió. Hoy vivimos en un mundo donde la confianza no se regala: se conquista y se sostiene día tras día. La transparencia, antes implícita, ahora debe ser explícita. Ya no alcanza con ser íntegros; es necesario parecerlo y demostrarlo. Y en ese cambio de paradigma, las iglesias no pueden quedar al margen. Lo que está en juego no son solo balances contables ni planillas de ingresos y egresos. Lo que está en riesgo es la reputación institucional y, más profundamente, la credibilidad del mensaje que predican.
La Biblia lo expresa con claridad en Romanos 12:17: «Procuren lo bueno no solo delante de Dios, sino también delante de todos los hombres». Ese llamado no admite atajos. La honestidad no puede reducirse al ámbito espiritual ni quedarse en la intención. Debe ser visible, palpable y verificable en cada decisión administrativa. Una iglesia que no rinde cuentas en forma clara puede ser honesta en lo interno, pero difícilmente logre sostener la confianza de quienes la observan desde afuera.
Riesgos reales, no teóricos
Algunos líderes aún consideran que hablar de riesgos financieros en la iglesia es exagerado. Creen que «nadie usaría una institución religiosa para fines indebidos». Sin embargo, la realidad se encarga de desmentir esa idea. Las iglesias —grandes, medianas o pequeñas— manejan recursos significativos: ofrendas semanales, diezmos mensuales, donaciones de empresas, aportes destinados a proyectos sociales y fondos para sostener misiones. Montos que, sin controles mínimos, pueden transformarse en terreno fértil para el desorden, la improvisación o incluso el abuso.
No hace falta imaginar conspiraciones sofisticadas. A veces basta un sistema de administración laxo para que los problemas aparezcan. En más de una ocasión, comunidades enteras vieron dañada su imagen porque un tesorero improvisado perdió recibos, porque los ingresos se mezclaron con cuentas personales o porque un gasto importante se hizo sin aprobación formal. Escuchamos de numerosos casos, durante la pasada pandemia, donde un miembro de la congregación prestó su cuenta bancaria personal para centralizar las ofrendas y las autoridades fiscales le iniciaron un sumario, bloqueo incluido, porque no pudo justificar los ingresos y transacciones dentro del marco de la ley vigente. No siempre hubo mala fe: muchas veces fue descuido, desconocimiento o falta de cultura organizacional. Pero en todos los casos el impacto fue el mismo: la desconfianza se instaló y el testimonio se debilitó.
La vulnerabilidad es doble. Por un lado, hacia adentro: los propios miembros pueden sentir dudas sobre cómo se usan los recursos que entregan con sacrificio. Por otro lado, hacia afuera: la sociedad observa con lupa y los medios no dudan en amplificar cualquier sospecha. Así, un error administrativo puede convertirse en un escándalo público capaz de arruinar en días lo que llevó décadas construir.
La mirada de la ley y del sistema financiero
A este escenario se suma un actor que no puede ignorarse: el Estado. En Argentina, la Unidad de Información Financiera (UIF) regula a organizaciones sin fines de lucro con el objetivo de prevenir el lavado de activos y la financiación del terrorismo. Los bancos, a su vez, aplican controles cada vez más estrictos: exigen justificación de fondos, documentación de donaciones y balances auditados.
Algunos líderes religiosos interpretan estas exigencias como una forma de persecución. La realidad está lejos de ese escenario, pues son las mismas normas que deben cumplir empresas, fundaciones, asociaciones civiles y ONGs. No se trata de un ataque a la fe, sino de un estándar que atraviesa a toda la sociedad organizada.
El problema aparece cuando una iglesia no se adapta. Entonces surgen las consecuencias: cuentas bloqueadas, imposibilidad de recibir transferencias, sanciones administrativas y hasta la exclusión del sistema financiero. Imaginemos lo que eso significa: no poder pagar servicios básicos, no poder transferir fondos a un proyecto social, no poder enviar ayuda a un misionero en el exterior, no acceder a créditos. No se trata solo de un inconveniente operativo; es la parálisis de la misión misma.
La prevención como escudo
Frente a este panorama, la prevención no debe ser vista como una carga, sino como un escudo protector del testimonio. Y la buena noticia es que no requiere estructuras empresariales ni inversiones desproporcionadas. Se trata de incorporar hábitos simples, consistentes y sostenibles en el tiempo.
Una iglesia puede dar pasos claros sin importar su tamaño al, por ejemplo:
— Definir políticas de administración: quién recibe el dinero, quién lo deposita, quién autoriza los gastos.
— Implementar controles internos básicos: la doble firma en operaciones relevantes, balances revisados por terceros de confianza.
— Mantener documentación ordenada: recibos, registros accesibles, informes periódicos.
— Capacitar a los líderes para que comprendan sus responsabilidades legales y espirituales.
— Y, sobre todo, cultivar una cultura de integridad donde la transparencia se perciba como parte de la misión, no como un trámite impuesto desde afuera.
En comunidades pequeñas, la escala no es excusa. Se puede empezar por:
— designar un tesorero independiente,
— registrar ingresos y egresos en una planilla digital,
— bancarizar las ofrendas,
— rendir cuentas públicamente al menos una vez al trimestre y
— conservar los comprobantes más importantes.
La sofisticación no es lo esencial: lo importante es que la comunidad pueda ver, entender y confiar.
La transparencia como mensaje
La transparencia financiera no es un tema técnico reservado a contadores, es un acto de comunicación. Una iglesia que rinde cuentas con claridad está diciendo, sin palabras, que no teme la luz, que honra a Dios también en la administración, que maneja con excelencia lo que se le confía.
Imaginemos una familia que llega por primera vez a una congregación: escucha un informe breve sobre el destino de las ofrendas, ve un resumen en una pantalla o recibe un boletín digital con los proyectos apoyados. Esa familia percibe de inmediato que está participando en algo serio y confiable. La transparencia genera confianza y la confianza multiplica el impacto del mensaje.
El contraste es evidente: mientras que muchas instituciones en la sociedad enfrentan crisis de credibilidad, las iglesias pueden y deben marcar la diferencia. No basta con predicar sobre la integridad; hay que practicarla en la dimensión más sensible y visible de todas: el manejo del dinero.
Un desafío y una oportunidad
Los tiempos que vivimos obligan a las iglesias a asumir un estándar más alto. La sociedad lo espera y, con razón, lo exige. Este es el gran desafío: mostrar que la fe no se contradice con la transparencia, sino que la potencia.
Las iglesias tienen aquí una oportunidad única. Si logran ser ejemplos de integridad comprobable, no solo evitarán riesgos legales y financieros: ganarán la confianza de sus comunidades, de la sociedad y de las próximas generaciones. Porque al final, la reputación no se construye con discursos, sino con hechos visibles.
El apóstol Pablo lo resumió con sencillez y contundencia: debemos procurar lo bueno no solo delante de Dios, sino también delante de todos los hombres. Ese mandato, leído en clave contemporánea, significa que la integridad debe traducirse en prácticas concretas, que los números deben hablar con la misma claridad que los sermones, y que la luz de la verdad también debe brillar en las cuentas.—