Jugar en equipo es integrar las fuerzas
de pastores, evangelistas y congregaciones de una ciudad

 

Hay países que no tienen al mejor jugador del mundo, pero se posicionan entre los mejores jugando en equipo. Se entienden, se cubren, se animan entre ellos y compiten de verdad. A veces hasta ganan campeonatos internacionales sin tener una estrella mundial. Porque cuando hay unidad, esfuerzo y propósito común, los resultados llegan.
En Argentina, sin embargo, muchas veces nos gana la idiosincrasia. Queremos tener “al mejor”, el que más sabe, el que más brilla, el que tiene la avenida o el río más ancho del mundo. Esa mentalidad nos persigue incluso en la iglesia. Queremos destacar, ser vistos, tener el micrófono o el reconocimiento. Pero el Reino de Dios no funciona con la lógica del mundo, sino con la humildad del siervo y la cooperación del cuerpo.
En la parábola de los obreros de la viña, Jesús muestra que todos reciben la misma recompensa, aunque hayan comenzado a trabajar a diferentes horas. Algunos llegaron a las 9, otros a las 5, pero todos fueron llamados por el mismo Señor y pagados con la misma gracia. No hay lugar para la competencia entre los obreros del Reino.

No confundir fundadores con continuadores
Muchos de “los hijos de” —aquellos que heredan ministerios, templos o posiciones— deben recordar que no son fundadores, sino continuadores. Recibieron algo de gracia, y por lo tanto deben abrir camino también a los obreros de la última hora, los de la generación nueva que Dios está levantando. No se trata de quién llegó primero, sino de quién obedece al llamado con un corazón íntegro.
Saúl le dijo a David: “No vas a poder”. Pero David tenía algo que Saúl había perdido: fe. Ya había vencido leones y osos cuando nadie lo veía. No necesitaba la aprobación del rey ni una gran armadura para salir al campo; le bastaba saber que Dios estaba con él.
Muchos hoy viven buscando una invitación o una plataforma, creyendo que así demostrarán su valor. Pero el llamado de Dios no depende de la opinión de los hombres, sino de la obediencia en lo secreto.
Cuando el ministerio se vuelve una competencia, caemos en la trampa de impresionar para ser invitados, exagerar para ser vistos o aparentar una unción que no tenemos. Se confunde el talento con la unción, y la estrategia con la obediencia. Si Dios te llamó, no necesitás demostrarlo: solo moverte en fe.

Lo que importa son los resultados para el Reino
Dicho todo esto, surge una pregunta que yo me hago y que hoy también te hago a vos: ¿te creés el Messi del Evangelio o el Maradona del ministerio? ¿O sos consciente que formás parte de un equipo que se alegra cuando otro mete un gol para el Reino?
Y esto nos lleva a definir qué es trabajar en equipo cuando de evangelismo se trata: es combinar esfuerzos entre pastores, evangelistas y congregaciones de cada ciudad; juntos, integrados y sin vedetismos, pueden lograr máximos resultados. Y así llegar a los miles y miles que aún están afuera, los que todavía no escucharon que Jesús los ama y que los puede salvar.
Los campos están listos, la cosecha está madura, pero el Señor todavía sigue preguntando: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?”.
No busques una invitación humana, porque el cielo ya te invitó a participar del mayor movimiento de la historia: la salvación de las almas.

Comentario final
Un nuevo campeonato está por comenzar, hoy mismo. ¿Cómo pensás jugarlo? ¿Vas a quedarte en el banco, criticando a los que salen a la cancha, o vas a ponerte la camiseta y dejarlo todo por amor a Cristo? Recordá que al final del campeonato (que es nuestra vida), la única copa que vale es escuchar de los labios del Rey de Reyes: “Bien hecho, buen siervo y fiel”.
El Reino de Dios no necesita estrellas, sino equipos en cada ciudad que trabajen en unidad, con amor y con humildad. Cada “pase” cuenta, cada oración suma, cada palabra sembrada puede ser un gol eterno en el corazón de alguien.
Concluyo estas reflexiones con la palabra del Señor: “Si te crees demasiado importante para ayudar a alguien, solo te engañas a ti mismo. No eres tan importante. Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos el bien a todos, en especial a los de la familia de la fe.” Gálatas 6:3,10 (NTV).—